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domingo, 17 de octubre de 2010

PRESENTACIÓN DE ALBERTO GARAY

2ª Sesión del "Seminario Zaratustra"

Valencia, 17 de octubre de 2010

De camello a niño. De permanecer dormido, anestesiado, acartonado... a despertar dolorido, alegre y vigoroso. De cielo a tierra. De valores tradicionalmente establecidos a unos nuevos valores que deben de ser creados. De lo trascendente a lo inmanente. De hombre a Superhombre.

Este es el camino que, según Nietzsche-Zaratustra, va siendo hora de que se comience a andar, el puente que debe de cruzarse. No obstante, ¿entendemos adecuadamente el mensaje? ¿cuál es el mensaje que Zaratustra quiere compartir con la humanidad (o al menos con parte de ella)? De entrada, parece ser que este mensaje es algo diferente a un deber y, sin embargo, ha llegado el momento, "el hombre es algo que debe de ser superado" .

Que la profecía Nietzscheana es algo diferente del deber parece patente cuando nos habla de las tres transformaciones del espíritu.

El camello dice : Yo debo.

El león dice: Yo quiero.

El niño dice: Yo soy.

Inicialmente, el espíritu es comparado con un camello, un camello que soporta la carga de su chepa, que aguanta el peso humillante de ser servicial con respecto a lo establecido como correcto... lo asentado hace que el camello se arrodille, está sudado como un esclavo mugriento, aparentemente da la sensación de que su sufrimiento es enorme, las condiciones en la que subsiste infrahumanas y sin embargo, si nos fijamos bien, en la comisura de sus labios puede apreciarse un esbozo de sonrisilla extraña, si afinamos el oído podemos desenterrar entre esos labios que parecen los bordes de una herida (abierta pero sin sangre) el esperanzador susurro que exclama: "¡Joder, me estoy ganando el cielo!"

Lo que pretende Zaratustra es dar cuenta de que ese deber de ganarse el cielo, ese sentir la vida terrena como un valle de lágrimas sumisas, es un modo enfermizo de comportamiento, una manera enfermiza de existencia que debería-mos transformar en otro modo más sano.

Esta enfermedad altamente contagiosa y sutil es la joroba tradicional del camello. Esa joroba ha ido fraguándose desde hace infinidad de tiempo debido al miedo. El ser humano siente la necesidad de encontrarse en suelo firme, de que todo esté ordenado y establecido de forma universal y absoluta, por ello asume la idea de que, además de este mundo plural, contradictorio, en continuo movimiento, en vez de las arenas movedizas, el océano abierto, la alta mar... que captamos sensiblemente, debe de haber otro mundo inmaterial, más real, superior, en el que todo esté ordenado, en el que no hay fallo.

Es este miedo al movimiento en tanto que problemático, el miedo al movimiento en tanto que relativizador de lo absoluto y desintegrador de lo unitario que pasa a apreciarse como una mera simplificación, el miedo al caos y a la angustia de lo caduco, es este miedo lo que explica que el ser humano busque el refugio en una ficción (idealista-metafísica) consistente en aceptar un mundo trascendente que otorga unidad y permanencia, es un mundo que debería de existir desde un punto de vista moral, sería lo apreciado como justo desde la escala de valores occidental (siguiendo la línea Parménides-Platón-Kant), pero esta escala es ilusoria según Nietzsche y, a través de Zaratustra, pretenderá su desenmascaramiento acercándose a metáforas y reflexiones que ya acometió en su día Heráclito.

Si, como venimos diciendo, el miedo a la vida inmanente y caduca es el percutor que dispara al ser humano hacia su refugio metafísico, las paredes de esta su guarida no las pintará el miedo si no el odio, o, más bien, las pintará el miedo con la pintura del odio, el odio a la vida, la inversión, el resentimiento, la venganza contra la vida (inmanente y caduca) que hará que esta brille decadentemente negando al cuerpo y sus sentidos, proclamando la preponderancia de la razón.

Así pues, este es el mensaje que Nietzsche-Zaratustra quiere proclamar. Es un mensaje muy diferente al que defienden los sabios tradicionales, es un mensaje completamente opuesto, transvalorado, invertido. El modo de dar cuenta de esta relación antitética entre los dos modos de sabiduría es expresado a través de la metáfora heraclítea del mundo de los dormidos y el mundo de los despiertos. Mientras que los primeros, los dormidos, justificarían, defenderían e inculcarían el sentido y valores preestablecidos, aquellos que se ajustaban a lo trascendente, a lo celeste, siendo camellos que crían a otros camellos, que les engordan la chepa y les ensañan a como llevarla (puestos hasta arriba de opio, anestesiados). Los segundos, los despiertos, serían aquellos que, criticando la visión somnolienta, los ensueños de los dormidos, pretenderían mostrar el sentido de la tierra, esto es lo que hace Zaratustra, él es el despertador despierto que anuncia el Superhombre, que anuncia el sentido de la tierra, el haber acabado el tiempo de los sabios tradicionales que únicamente pretendían enseñar a dormir de forma placentera, a honrar y someterse a la autoridad, al pastor.

El que no pueda dormir que se ponga a contar ovejitas (así nos lo enseñó el pastor), que se ponga a mirar todos los compañeros que le rodean, que duermen profundamente, que se ponga a contarlos siguiendo la corriente del ensueño, del cálido placer del peso de las mantas en invierno... poco tardará en sumergirse él también en esa superficial profundidad. Sin embargo, cabe otra posibilidad más acorde con Zaratustra, que el despierto entre dormidos coja un petardo de esos gordos, que vaya riéndose en busca de alguna cerilla que le permita prenderle fuego a la mecha, que suelte una carcajada enhiesta al dar con ellas y que, con la maldad inocente y traviesa de la trastada de un niño, haga ¡PUM! despertando de este modo a sus compañeras ovejitas que se miran unas a otras viéndose cada vez más como camellos, asustándose del estruendo, sin saber bien que está pasando... les están saliendo garras de las pezuñas y el problema es que no saben si son más león o más camello, son híbridos en metamorfosis que no tienen nada claro hacia quién dirigir su rabia, no saben si descuartizar a ese niño que tiene los grandes ojos despiertos, que ríe desmesuradamente, no saben si darse media vuelta y seguir durmiendo, no saben si rajar al pastor con sus zarpas afiladísimas y quedar desparramados por el bosque, vagabundos, descubriendo el mundo del mismo modo que se descubren a sí mismas, solas y en amenaza constante.

No saben que hacer, no saben que hacer... por eso la mayoría de ellas se quedan metidas en la cama, arropadas por el peso de sus mantas, con los ojos entreabiertos pero sin levantarse, como si fuesen leones amaestrados, deprimidos, con una impotente voluntad de poder, que no les permite atreverse a decir: "¡Buenos días! " , levantándose de un salto de la cama y devorando a todos los indeseables.

Para llevar a cabo la transvaloración, para poder convertirse en niño y crear unos nuevos valores diferentes (por no decir opuestos) a aquellos valores que tradicionalmente han permanecido establecidos, es necesario el acto revolucionario de decir no. Este decir no consiste en un pasar de un yo debo (camellil u ovejil) a un yo quiero (leonil), es la negación de lo celeste, de lo trascendente, un tirar por el suelo todas esas cargas antaño asumidas, un potente decir: "¡Joder, no es necesario!, ¡No quiero esto, quiero...."

El león no sabe lo que quiere, sabe lo que no quiere. Sabe que el mundo es la lucha de la que hablaba Heráclito, de contrarios, de opuestos, de contradicciones...pero sin embargo, no sabe o no tiene claro cuál es el polo opuesto a todo aquello de lo que se ha desembarazado, el polo opuesto de aquello contra lo que lucha, de aquello que por contraste le define... él es lo otro, lo no querido por la mayoría, lo que el quiere ser sin saber qué es... es lo otro.

Siente la rabia que le atraviesa, la fuerza que le hace hervir la sangre hasta quemarla, los músculos que se tensan espasmódicamente anunciándole la batalla, la muerte, el abismo... saca los dientes orgulloso, soberbio, dispuesto a morder pero aún reflexiona desde sus adentros:

"¿tengo que enfrentarme a todos? A los que están en lo tradicional por supuesto pero, ¿y al resto? ¿todo consiste en un estar con nosotros o estar contra ellos? ¿hay amigos y enemigos o es la lucha de todos contra todos?... ¡¡¡Qué bonito sería dar besos pudiendo dar mordiscos!!!

El león aún reflexiona desde sus adentros, su ser es el cuestionamiento, la negación de ese falso conocer anterior, de esa falsa sabiduría infecta a la que estaba enganchada como adicto. Ahora quiere otro conocer más sano que no alcanza desde su subjetividad viciada.

En el momento en el que el león siente desde el cuerpo que su razón, su conciencia, no es el elemento causante de lo que le rodea si no un síntoma de algo más profundo que lo causa... es en ese preciso momento cuando explota su forma leonil como una burbuja de jabón y nace el niño, un niño que es como son todos los niños, es presente, es momento, gesto, inmanencia... un niño que es todo lo contrario a la anestesia, un niño que cuando llora y sufre lo hace hasta el extremo, un niño que cuando ríe y goza lo hace hasta el extremo, un niño desmedido, un niño que sabe lo que es porque no se pregunta por su ser, simplemente dice: "¡SOY!" y jubiloso se pone a caminar disfrutando de estar perdido, de estar descubriendo a su modo particular, ese descubrir creando que todos tuvimos y que nos extirparon con anestesia epidural, ese descubrir creando que dejamos antes de acostarnos en el último cajón de la mesita de noche y, desgraciadamente, olvidamos.

Zaratustra nos "re-cuerda" (desde su "lo-cura") que, si nadie a cogido nuestro descubrir creando, este debe de permanecer allí dónde lo dejamos, que despertemos, salgamos de la cama, abramos el cajón y nos vistamos de niños de nuevo para poder volver a sentir dolor, para poder volver a regocijarnos, para recuperar el vivir, la creación, la tierra... para ser, algún día, superhombres.

Muchos querrán ser ya superhombres, es normal, el niño no quiere demoras, ni pasados ni futuros, lo quiere todo en el momento en el que sus entrañas se lo dicen. Pero este mismo querer ya es una muestra de que el superhombre no ha llegado ni llegará jamás. El superhombre consistiría quizás en que el vestido olvidado que habíamos sacado del cajón arrinconado, aquel vestido que nos habíamos puesto y que nos transformaba en niños, se convirtiese en nuestra verdadera piel, en nuestra piel real... cosa que parece poco factible pero que podríamos entender como un ideal regulativo del cuerpo, como un ideal que no es ideal porque es un sentimiento, como una regulación irregular porque es caótico y no ordenado... el superhombre es un camino, es una forma de caminar, no es un llegar a ningún fin, a ningún objetivo, puesto que el único fin que se establece es la muerte (caducidad) y todo lo objetivo es considerado como residuo de una precomprensión cargada metafísicamente de la noción de absoluto, de universal.

En Nietzsche encontramos la mostración de la subjetividad desubjetivizada, el yo como un reflejo, no como origen y causa si no como consecuencia de una fuerza más profunda que se encuentra en todas las cosas, esa fuerza es la voluntad de poder que únicamente sigue la ley interna de querer ser más, precisamente esa voluntad de poder en el ser humano fue la que le hizo camuflarse en lo trascendente oponiéndose a la vida, haciendo esta más cómoda, más llevadera, más superflua...metabloqueándola.

Es la propia voluntad de poder en el ser humano la que genera como causa la negación de la propia vida.

Es la voluntad de poder como causa la que genera la afirmación de la vida, la transvaloración nietzscheana.

Así pues, si pudiésemos reducir la cuestión a lo meramente lógico podríamos concluir en el absurdo de que la voluntad de poder se opone a si misma.

No obstante, no podemos reducirnos a lo meramente lógico, este es precisamente uno de los frentes de ataque de Nietzsche con respecto a la tradición del pensamiento occidental.

La lógica para Nietzsche no será más que un mero convencionalismo de signos, puede que exprese reglas del lenguaje pero, ni mucho menos es capaz de exponer las leyes necesarias del pensamiento.

Así pues, la lógica no pasaría de ser una simplificación del lenguaje no formal y ello debido a que es considerado el lenguaje como un falseamiento de la realidad, como una fijación que unifica para que podamos entendernos más fácilmente pero que, aunque sea útil, no por ello debemos de olvidar que es una simplificación, un falseamiento.

Es en este sentido en el que Nietzsche afirma:

"¡Ojalá tu virtud sea tan alta que no consienta la familiaridad de los nombres!. Si tienes que hablar sobre ella que no te avergüence el tartamudear.

Podemos apreciar como el autor señala de nuevo su insatisfacción con respecto a la tradición, centrándose ahora en las virtudes. Seguidamente, aclara a que se refiere con eso del tartamudear:

"la que yo amo es la virtud terrestre (...)Tal pájaro ha construido su nido dentro de mi: por ello le amo y le abrazo. Ahora está incubando, dentro de mi, sus huevos de oro.

Así es como debes de balbucear alabando la virtud."

Ese tartamudear, este balbuceo, consiste en que el modo de decir no puede ser reducido al modo lógico y conceptual, tampoco puede reducirse al decir vulgar y común, más bien, el modo de decir con el que siente afinidad Nietzsche es el aforístico, el metafórico, ya que esta forma es una forma deforme, viscosa, no fijada, artística, creativa, abierta... en la que el sujeto tiene que poner algo de su parte, tiene que interpretar aquello que recibe como mensaje del emisor para intentar captar lo que en el lenguaje ha quedado oculto, para intentar desvelarlo.

Esa comunicación que, a fin de cuentas, solo puede ser significativa si se han compartido ciertas experiencias similares (antes que un sentido común un sentimiento común), experiencias afines entre el que interpreta y expresa aquello que ha interpretado de modo metafórico para trasmitir lo indecible, y el que recibe la expresión metafórica y la interpreta para intentar captar ese indecible.

Si existe un común denominador existencial entre emisor y receptor (esa afinidad entre la similitud de experiencias sentidas), crecerán en comprensión de modo paralelo, si no existe este común denominador existencial, cada uno crecerá por diferentes caminos, sin un entendimiento suficiente del otro.

Este último párrafo va más allá de Nietzsche, forma parte de esos metros que necesitas para parar una vez te has embalado. Posiblemente Nietzsche podría decir: ¿por qué parar?. Y yo, seguramente le respondería con un simple: Porque creo que con lo dicho ya hay suficiente (de momento) como para poder rompernos los sesos, abrírnoslos y comérnoslos juntos.

Recapitulando, intenté un dar cuenta de lo que he apreciado en los capítulos en cuestión de un modo quizás un tanto rocambolesco, poco metódico o, al menos, algo extravagante. Sentía la necesidad de ser fiel al autor por lo menos en el modo de decir, poniendo de mi parte, intentando exprimirlo exprimiéndome. La verdad es que no se hasta que punto lo he conseguido.

No obstante, aunque pueda parecer que no haya mucho orden o concierto en estas páginas, en el fondo, se corresponden con el orden que Nietzsche sigue en los capítulos.

He hablado de las tres transformaciones y he procedido a dar cuenta del sentido que creo tienen en Nietzsche. Básicamente, expongo brevemente los pasos dados:

En primer lugar hablé del camello como la tradición y los valores establecidos, elementos que deberían de cambiar, según Nietzsche, por ser expresiones decadentes. Di cuenta del por qué del camello y del contraste entre una sabiduría tradicional y la sabiduría de Zaratustra.

En segundo lugar, me centré en el león como el atreverse a decir no a esa tradición (el león mata al camello), como una especie de nuevo comienzo, de resurgir de la vida a la que, sin embargo, aun le falta algo.

Este algo que faltaba nos lo encontramos en el tercer lugar de la exposición. Toca ahora hablar de los más complicado, del niño como aquel capaz de crear nuevos valores, como superhombre.

Para concluir, a modo de reflexiones finales, me centré en cierta concepción del lenguaje que parece mantiene Nietzsche. De esta concepción lingüística se desprende su particular modo de decir y una crítica a la lógica y a las pretensiones de Verdad (con mayúsculas) propias de la tradición.

Como elementos recurrentes para el coloquio propongo:

  • La contradicción entre el deber en el que consiste el ser camello y el deber que presenta Nietzsche como la necesidad de superar al camello hasta convertirnos en niños creadores.
  • La contradicción de la voluntad de poder consigo misma en tanto que provoca efectos opuestos como son la negación de la vida y la afirmación de la misma.
  • La interpretación sonsacada ha sido, como habréis visto en el documento, una apuesta metafórica y una crítica a la lógica que rompe con el bloque de dichas contradicciones pero.... ¿Qué implicaciones tiene? (relativismo, arte, ciencia...)


ALBERTO GARAY ZABAL

afsymposion@gmail.com

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