3ª Sesión "seminario Zaratustra"
Valencia, 25 de octubre de 2010
Haber leído estos selección de los discursos de Zaratustra me ha hecho reflexionar sobre a quién van dirigidos. “Un libro para todos y para nadie” es la pista que deja Nietzsche. ¿Qué nos quiere decir? El propio Nietzsche consideraba su pensamiento como un pensamiento para otra época, para una época futura. Por ello podemos pensar que las enseñanzas de Zaratustra van dirigidas a un hombre futuro, pero no únicamente esto es así, sino que van dirigidas a cualquier hombre, “para todos y para nadie”, es decir, a cualquiera que asuma la enseñanza/orden de Zaratustra: “el hombre es algo que debe ser superado”. Va dirigido a cualquiera que esté dispuesto a transformar su espíritu, a hacer saltar por los aires su escala de valores, la necesidad de un fundamento último de lo real; asumir la historia del pensamiento occidental como la historia de un error que toca a su fin, casi como una necesidad si queremos que siga existiendo algo así como filosofía, algo así como pensamiento. A lo largo de estos capítulos de Así habló Zaratustra desde “Del pálido delincuente” a “De la guerra y del pueblo guerrero” me propongo examinar esta exhortación de Zaratustra a luz de esta pregunta ¿es Zaratustra un profeta diferente a los demás y nos trae el mensaje del superhombre como un mensaje de libertad que proporciona la voluntad de poder, oponiendo deber a poder? o por el contrario, ¿Zaratustra no es más que otro profeta que pretende que asumamos el correcto camino? La cuestión se presenta compleja, pues Zaratustra anuncia esta nueva libertad como un mandato que debemos cumplir.
Del pálido delincuente
¿Quién es el pálido delincuente al que hay que matar? Este pálido delincuente es aquel que en sus ojos habla el gran desprecio por la vida, por la multiplicidad de lo real frente a la momificación del concepto, frente a la univocidad. Pero precisamente por ello sus ojos también dicen, “mi yo es algo que debe ser superado” Ese yo es el gran desprecio del hombre hacia la vida, es el yo-conciencia unificador de sentido de lo real, el sujeto de una determinada concepción metafísica que ya no da más de sí, por eso está pálido, pues está enfermo.
Por otro lado, matar a este pálido criminal, debe ser una justificación de la vida, matar el yo-conciencia, para afirmar la vida, la creación de nuevos sentidos. La tristeza por la muerte de la metafísica debe ser un amor por el superhombre (el creador, el que asume el vacío dejado por la metafísica)
Este criminal, se ha puesto pálido a consecuencia de su acción. Este hombre una vez ha podido ver los efectos de su acción ha enfermado, al constituir un discurso metafísico que esencializa, momifica, en definitiva petrifica la vida con conceptos unificadores. Es autor de una sola acción, el gran gesto sistematizador de la Modernidad de subsumir todo a un concepto de Razón que conoce de manera mediata a través de un método o procedimiento que le permite unificar la realidad, tal como el proyecto de la Crítica de la Razón pura de Kant. Es posible entonces entender que nos presente la Verdad y la Justicia como demencia, como una demencia que permite al hombre mantenerse largo tiempo en un lamentable bienestar, la comodidad de asumir un modelo de fundamentación que le da tranquilidad y le permita justificarse e imponerlo.
Al final de este discurso Zaratustra se nos revela como un pretil en la corriente, un murete en el puente que nos conduce al superhombre. Entonces, ¿es Zaratustra tan sólo otro profeta más? sus indicaciones nos hacen preferir la posibilidad contraria, pues nos dice: “yo no soy vuestra muleta”.
Del leer y del escribir
En este discurso Zaratustra nos presenta por un lado una crítica, tanto a una educación cada vez más “formal”, como a una cultura en decadencia, como por otro lado nos presenta su propuesta para revitalizar la educación y la cultura.
Zaratustra empieza este discurso estableciendo una identificación entre sangre y espíritu, para después destacar que él (Zaratustra) ama lo escrito con sangre, y la dificultad que presenta comprender la sangre ajena, es decir, el espíritu de otro. Con ello esta denunciando que la actividad intelectual se ha convertido en una cuestión ociosa de diletantes y esto supone un gran problema, pues se acaba de este modo con el espíritu. “Un siglo de lectores todavía – y hasta el espíritu olerá mal.”
Me posiciono en interpretar esto como una crítica a una determinada forma de llevar a cabo la “democratización” de la educación y la cultura, entendida como una igualación meramente formal en lo que respecta a la educación, por un lado y un acceso a una cultura vaciada, que ya no sirve de sustrato sobre el que desarrollar una educación sólida, que permita la formación del individuo de manera integral, por otro lado. Así podemos entender que Zaratustra nos diga “el que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrompe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar”
La cultura entra en decadencia porque el espíritu primero es Dios, luego hombre y ahora es plebe, sufre un proceso de vaciamiento de sustantividad, la cultura se convierte en una instancia ociosa para deleitarse con ella y hacer meramente discurso.
Sin embargo, Zaratustra trae el valor que ríe, la jovialidad que aporta el poder más, el valor que permite superar ese formalismo decadente. Zaratustra pretende elevar de nuevo el espíritu mediante la jovialidad, la sabiduría que sólo alcanza el hombre que ríe, aquel que con su risa se transfigura y supera la pesadez, el concepto que nos mantiene inmóviles, el procedimiento formal de una Razón que nos encorseta y nos marca un camino. Por eso, “ver revolotear esas almitas ligeras, locas, encantadoras, volubles – eso hace llorar y cantar a Zaratustra.”
Zaratustra afirma la ligereza frente a la pesadez, la risa mata a la pesadez y es entonces cuando puede sentir la jovialidad de poder más, es cuando puede sentir un Dios que baila por medio de él, lo dionisiaco, la ligereza creativa dionisíaca, frente a los saberes momificados y momificadores del crucificado.
Del árbol de la montaña
Este discurso va dirigido a ese hombre que debe perecer para que surja el superhombre.
El hombre moderno que ha crecido en saber y dominio sobre lo real, pero precisamente su crecimiento, entendido como ganar altura es lo que ahora lo pone en situación de poder ser alcanzado por el rayo (que es Zaratustra) y ser destruido.
El hombre ha crecido buscando su libertad, la Ilustración ha hecho crecer al hombre, lo ha situado más alto que nunca antes. Es, entonces, el crecimiento del hombre lo que permite su ocaso y el surgimiento del superhombre.
La Ilustración anunciaba la libertad del hombre gracias a su Razón que todo lo fagocita, sin embargo, no accedía a la libertad plena, mas no por ello se trata de un fracaso, no debe arrojar su amor y esperanza, sino que necesitaba elevarse para luego celebrar su ocaso. Necesita mantener la esperanza, para poder ser todavía noble. El noble que se contrapone a los buenos, capaz de crear cosas nuevas y una nueva virtud frente al bueno que sólo quiere conservar las cosas viejas.
Finalmente Zaratustra nos pone en guardia ante otro peligro. Si perder la esperanza eliminaba la posibilidad de que el hombre se convirtiese en noble, el noble corre otro riesgo, y no es el convertirse en bueno, sino que puede acabar siendo un simple nihilista de metas cortas, un diletante que afirma que “el espíritu es también voluptuosidad” y no aspira a alcanzar el superhombre.
Esto lo podemos tomar, a mi entender, como el peligro de permanecer en un mero nihilismo reactivo que sólo niega y me surge aquí una duda que dejo abierta ¿podemos asociar esta actitud a la del león? ¿Es el león un mero negador que no da el paso hacia el superhombre, que no se plantea grandes metas, sino metas cortas?
De los predicadores de la muerte
En este discurso Zaratustra se dirige a aquellos que hablan del más allá con un mensaje de negación de la vida en la Tierra.
Me gustaría destacar un par de ideas.
En primer lugar esa identificación de la muerte con la vida eterna, crítica que continua con las llevadas a cabo en el discurso de los trasmundanos, y nos muestra la necesidad de descender a la tierra para poder llevar a cabo el gran mandato de Zaratustra: “el hombre debe ser superado”.
En segundo lugar, el texto nos ofrece una sugerencia de cómo concebir esta vida que conecta con la tierra y se aleja del postular un trasmundo: “Si creyeseis más en la vida os lanzaríais menos al instante”. Aquí la conexión con la tierra no sólo tiene una dimensión crítica con aquellos que postulan un trasmundo, sino que además, alcanza una dimensión existencial, pues abrazar la vida es abrazarla como proyecto, no amor al instante, sino amor a la necesidad de hacerse, por expresarlo con aires heideggerianos.
El ocaso del hombre y el surgimiento del superhombre, requiere de un compromiso vital del sujeto, no es una cuestión de ruptura circunstancial sino de asumir una nueva manera de concebir la existencia, entendida como proyecto.
De la guerra y del pueblo guerrero
El discurso va dirigido a fomentar nuestra actitud guerrera, a plantar una guerra a la uniformidad y al concepto petrificado.
La cuestión es ser guerreros del conocimiento, frente al soldado, llevar uniforme, pero no cubrir todo con la uniformidad.
Desde esta actitud guerrera que proclama Zaratustra la finalidad no será la paz, sino que la paz será un medio para la guerra, para la guerra contra aquella actitud uniformadora que pretende asentar verdades canónicas, por eso hay que amar la paz corta, pues la paz duradera desactiva la actitud guerrera y asienta verdades canónicas.
La actitud guerrera es la que encuentra tranquilidad con el arco y las flechas, sin esta tranquilidad de la actitud guerrera nos damos a la charla y a la disputa, es decir, a la actitud de teorizar, de petrificar lo real.
Más adelante Zaratustra emprende una dura crítica contra el kantismo, cuando dice: “la buena guerra santifica toda causa. No la buena causa santifica incluso la guerra”.
Desde una buena voluntad, la autonomía de la voluntad nos proporciona un criterio formal que nos permita santificar una acción y repudiar otra. Sin embargo, si mantenemos una actitud guerrera, nuestra acción será siempre la más elevada.
La cuestión es rechazar una noción de razón asociada al procedimiento o al método, la voluntad de poder como un querer más, frente a la buena voluntad de Kant que proporciona un criterio encorsetador.
Finalmente examinamos la cuestión entonces del deber. Aquí Zaratustra, reformula esa noción de deber de Kant de una manera bastante paradójica para su propio mensaje, pues nos dice, “Tú debes le suena más agradable a un guerrero que yo quiero”. Precisamente el querer de la voluntad, como una voluntad de poder debería desplazar al deber kantiano como principio de acción moral procedimental y unificador.
Sin embargo, juzgo como fundamental este momento del deber, pero no como una noción moral normativa, pues no pretende juzgar sobre el bien y el mal pues no son más que ilusiones de la soberbia de un procedimiento racional, no pretende decirte el superhombre es el bien, debes seguirme si quieres salvarte. Este “tú debes” se corresponde con la consecuencia que surge precisamente de que bien y mal no sean más que meras ilusiones, es decir, la dimensión que nos muestra este deber no es normativa sino un nuevo horizonte de posibilidad que se abre a consecuencia del fracaso de ese concepto de razón ilustrado que pretendía elaborar un discurso de fundamentación.
No se trata pues, de ordenar como un profeta, de erigirse en guía de una nueva fe, sino de decir, este camino está agotado y además es decadente, odia la vida y su multiplicidad, sin embargo, hay otro camino que puedes emprender, Zaratustra sólo lo anuncia.
En consecuencia, no hay que confundir a Zaratustra con una balsa firme en la corriente, sino, no habríamos salido del esquema del trasmundo que proporciona una ficción consoladora de un mundo de idealidades, de verdades inmutables.