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sábado, 4 de diciembre de 2010

PRESENTACIÓN DE DANIEL ILLESCAS

en Valencia, 30 de noviembre de 2010

7ª Sesión del “Seminario Zaratustra”

De la chusma

Los que envenenan los pozos, los “impuros”, con “hocicos de mofa”, “insaciable sed” y “repulsiva sonrisa”; Zarathustra se pregunta, “¿son necesarios?”. El rechazo a la vida comunitaria, la búsqueda de la soledad, se traducen en una huida de estas almas “húmedas” y profundas, que contaminan todo aquello que tocan. El dominio se traduce para Zarathustra en el control que ejercen las fuerzas de estos seres: “chusma del poder, de la pluma o de los placeres”. En contraposición a estas almas encontramos un tipo de almas que ama las alturas, que quiere emparentarse con el sol. Son estas las almas puras que anhelan el vuelo de las alturas, la libertad del aire frío y silencioso: “Pues esta es nuestra patria: habitamos en un lugar demasiado alto y escarpado para los impuros y para su sed.”, “ Y como fuertes vientos anhelamos vivir por encima de ellos, vecinos del sol; como viven los fuertes vientos.”. Zarathustra, así, se define como “un intenso viento para todas las hondonadas – espacios de terreno hondo.” (en De las tarántulas y De los sabios célebres encontraremos una complementación a la crítica que se establece en De la chusma). Para ilustrar este apartado me valdré de un libro de Gastón Bachelard titulado “El aire y los sueños”, en el cual aparece una interpretación de las imágenes que aparecen en toda la “filosofía” de Nietzsche, concretamente en Así habló Zaratustra. En el capítulo 5 titulado Nietzsche y el psiquismo ascensional Bachelard relaciona la altura con el aire, el frío y el silencio: “por el aire y por el frío se aspira el silencio, el silencio integrado en nuestro ser mismo”. Esta es la triada a través de la cual asciende el alma nietzscheana y se desvincula de la impureza de los espíritus hondonados, sumergidos en las habladurías que se han hecho ciencia, en los saberes tradicionales. Para acceder a esta condición de libertad el camino será arduo. Lo que habrá que hacer es arrojar al mar el ser que se posee, todo aquello que nos ata a nuestro pasado y que nos hace pesados – algo que yo traduzco por memoria debido a la importancia que tiene para el autor el re-cuerdo y los re-mordimientos que pro-voca. Es esta ascensión que busca Nietzsche la desvinculación con todos los pesares que nuestra cultura nos ha ido acumulando, el deshacerse de la gravidez que estos mismos pesares imprimen en nuestras almas, para tornar nuestro ser terreno en un ser alado que vive en las alturas, en el frío, en el silencio: es aquí donde se introduce el valor que el olvido tiene para la transformación del alma.

Pero esto no es todo, ya que es esa misma ascensión la que pro-vocará la caída a la misma alma, la que producirá su ocaso. Pero este ocaso será el ocaso pro-vocado por la acción del ser, y no por su re-flexión interna. La dialéctica nietzscheana unirá en un mismo movimiento la subida (de agua a tierra, de tierra a fuego y de fuego a aire) y la bajada (de ahí al abismo del que venimos). La caída no es más el resultado de la subida, una subida que será eternamente re-comenzada, en un re-surgir constante de las fuerzas del amanecer anímico; eterno retorno de la afirmación del ser. Bien y Mal, alto y bajo, son causa recíproca, se implican mutuamente. Es así como Zarathustra puede ascender a las alturas de lo puro, rechazando y proyectándose, a través de su voluntad creadora sobre las impurezas del espíritu profundo, es así como se confunden las cimas con los abismos, como se confrontan a la vez que se necesitan mutuamente, ¿cómo si-no habría libertad sin una esclavitud previa que superar? ¿cómo surgiría el superhombre sin una figura del hombre que tiene que abandonarse? ¿cómo podríamos hablar de ligereza y pureza si-no hubiera una pesadumbre y una impureza a través de la cual re-surgir?. Lo importante no estaría en esta inevitable caída que conlleva el ascenso, sino en la dinámica misma del ser, en el atrevimiento puesto en el acto mismo de la subida, yendo a contra-corriente de lo bajo, haciéndose héroe a través de la lucha por la libertad de espíritu, por el vuelo que arrebata, por el viento que corta todo aquello por lo que pasa.

De las tarántulas

Triángulo en cuya base se encuentra la venganza. Dicen llamarse justos pero detrás de esta justicia yace la venganza. Son unos seres vengativos. Proclaman la igualdad (alusión al cristianismo y a la salvación “individual” de las almas). La cueva de la tarántula, los viejos templos. Para Zarathustra la “verdadera” justicia muestra que no somos iguales y nos demanda más guerra y más desigualdades, ya que la vida ha de superarse constantemente a sí misma. Por otro lado la venganza nos introduce en un remolino incesante, producida por la picadura de la tarántula: Zarathustra lo tiene claro: “¡Atadme fuertemente a esta columna! ¡Antes santo estilista que torbellino de venganza!”. El rechazo de la venganza como mecanismo generador de justicia (divina-ideología cristiana-dogmatismo) nos ofrece una similitud con respecto al texto comentado de Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración de la Odisea de Homero (la odisea de toda la humanidad en su propia constitución – como sujetos), en el cual Odiseo pide que sus marineros le aten a un mástil para no sucumbir a la llamada de las sirenas, las cuales con su canto atraen a todo aquel que lo oye a sumergirse en el olvido, a quedar “encerrado” en el goce puro. Parece que pese a la utilización del mismo recurso los sentidos en ambos usos es distinto, sobretodo si paramos atención a la importancia que el olvido tiene en la filosofía de Nietzsche, sin embargo puede establecerse una conexión entre el sentido que tiene para Odiseo y para Zarathustra el no sucumbir al canto que se está escuchando: para Zarathustra la atracción que siente frente a la venganza es tan fuerte como para que decida hacerse atar en caso de mostrar síntomas de sucumbir a sus (la venganza) en-cantos, y ello es debido a la fuerza que ejerce la tradición en nuestras almas, al peso que deposita todo el ensamblaje cultural en nuestras vidas. Dentro de esta interpretación el rechazo de la venganza, fruto de la picadura de la tarántula, iría unido a un deseo de desvinculación con una práctica que no busca que se imponga justicia, sino que se re-alimenta constantemente con esa impotencia generada por el hecho de que aquella (la justicia – su justicia) no pueda llegar a imponerse. En definitiva lo que se muestra en esta parte lo que decía llamarse justicia no es más que una incesante venganza insaciable.

De los sabios célebres

Semejante a lo que encontramos en De la chusma este fragmento alude a un tipo de sabio que ejerce su poder sobre el pueblo, sobre la multitud. Este tipo de saber de las celebridades se contrapone a un saber que se vive en la soledad, sin dioses, un saber que vive con voluntad de león. Ya vimos en el pre-discurso como Zarathustra rechazaba ejercer de pastor para el pueblo, y decide ir en busca de aquellos espíritus que están preparados para vivir su sabiduría en la soledad que supone la ausencia de Dios. El sabio célebre es un animal de tiro; tira del pueblo como si de un asno se tratase. También genera un saber basado en la superstición y en la veneración de sí mismo, cuando para Zarathustra el saber debe de impulsarse en el propio tormento, en las lágrimas que genera y en la ceguera producida por el poder del sol al que contempla. Vemos de nuevo, con esta crítica a los sabios célebres, como vuelve a surgir la imagen del vuelo del águila y de la dinámica inherente a la sabiduria propia del superhombre: los sabios célebres no son águilas, están tiesos y sus espíritus son tibios, no fríos como debiera ser, carecen de voluntad y no conocen el terror del espíritu. El abismo generado por la ascensión del espíritu se les queda demasiado grande. Al final del fragmento encontramos imágenes que muestran la dinámica de la sabiduria de Zarathustra; una sabiduria salvaje que sobrevuela por encima del mar cual vela “hinchada, redondeada y temblorosa”. La imagen muestra claramente esa resistencia, esa contra-corriente que ha de llevarse a cabo para liberarse de las fuerzas acumuladas en el interior, el acto liberador y ascensional de la sabiduria que batalla tras batalla va constituyendose a si mismo, pero en un sentido muy peculiar, ya que supone la detrucción del saber heredado en cuanto a lo que este tiene de negativo, es decir, de todo aquello que nos impide ser libres. Los sabios célebres no están preparados para surcar los mares con Zarathustra, no podrían soportar el vértigo de las alturas, el ser emparentados al sol o vivir con el frío y el silencio de las cumbres.

El canto de la noche

Una contraposición: luz y noche. “Soy luz” dice Zarathustra, “¡ach, si fuera noche!”. La soledad consiste en estar circundado por luz, y no ser noche, para entonces alimentarse de esa luz que se le ofrece y de la que carece. Pero Zarathustra vive en su propia luz y re-absorve las llamas que de el brotan, la luz que emana. Esto es lo que ofrece Zarathustra cuando da, pero lo que da es también aquello que quiere quitar, en un incesante dar y recibir, que sin embargo no puede librar el abismo que los media. Para Zarathustra el dar ya no proporciona goce, a fuerza de dar se a apagado el placer que sentía en dicho acto, ahora el silencio reina a su alrededor, la luz ya no es motivo de alegría, por ello se trata de un canto de la noche, de y para la noche: “¡ach, Que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!. La luz habla a la oscuridad, y no a la luz misma, por ello a Zarathustra la luz no habla y si la noche: la noche habla con su silencio, sacia con su ausencia, calma el ardor de las almas repletas de luz, deseosas de desbordarse, de bañar los espacios vacíos con su canto.

El canto de la danza

Zarathustra – la vida – la sabiduría; ambas con los mismos ojos, la misma risa y el mismo anzuelo de oro (aquel que atrae, que seduce). El fragmento me resulta complejo debido a la personificación que tanto la sabiduría como la vida tienen en él. Antes, un elogio del baile, o al menos una permisividad; una contra-posición entre la ligereza y la pesadez, un rechazo de esta última. Dentro de la noche y los bosques que habitan en Zarathustra se halla el dios de la juventud, un “diosecillo” “que yace tranquilo junto a la fuente (un continuo fluir), con los ojos cerrados (permisivo ante tal fluir)”: como apunta el propio Zarathustra, “en verdad que en un claro día se me quedó dormido, el haragán (holgazán) ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas?”. El propósito es el de fustigar a dicho dios para que vuelva a danzar, y así Zarathustra entona un “canto de baile y mofa contra el espíritu de la pesadez”, o lo que otros llaman el espíritu del mundo.

En el canto Zarathustra expresa su confusión entre la vida y la sabiduría, se aparecen con tanta similaridad... La vida habla de si misma, pero Zarathustra no la cree, la vida está celosa de esa otra, la sabiduría, la cual cuanto más mal habla de si misma más atrae. Hay una relación de amor-odio en tal relación en-revesada y complicada, cosa que muestra la complejidad inherente al camino de Zarathustra y la íntima relación que los extremos del bien y del mal padecen. El fragmento concluye con una disculpa del propio Zarathustra por la llegada del atardecer, y es que incluso para este un descanso es necesario de tanto en tanto.


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